Exhibición Gabinete #2/2021 - Abril 2021

FLOTA

Hugo Cava.                

Texto Georgina Ricci

 

SMYSLOV.—Bueno, Dr. Floyd, espero que no crea que soy demasiado curioso, pero tal vez pueda aclarar el misterio sobre lo que ha estado sucediendo allí.

FLOYD.—Lo siento, pero no estoy seguro de saber a qué te refieres.

SMYSLOV.—Bueno, es solo que durante las últimas dos semanas han sucedido cosas extremadamente extrañas en Clavius.

SMYSLOV.—Dr. Floyd, a riesgo de presionarlo en un punto —parece reticente a discutir—, ¿puedo hacerle una pregunta sencilla?

FLOYD.—Definitivamente.

SMYSLOV.—Francamente, hemos recibido informes de inteligencia muy fiables de que ha estallado una epidemia bastante grave en Clavius. Algo, aparentemente, de origen desconocido. ¿Es esto, de hecho, lo que ha sucedido? —una pausa larga e incómoda.

FLOYD.—Lo siento, Dr. Smyslov, pero realmente no tengo la libertad de discutir esto.

SMYSLOV.—Esta epidemia podría extenderse fácilmente a nuestra base, Dr. Floyd. Deberíamos conocer todos los hechos.—pausa larga.

 

Stanley Kubrick, 2001: A Space Odyssey 1968

 

¿Qué espacio queda para las imágenes que no sea la tergiversación? La pregunta intenta retomar una tradición de incertidumbre en realidades cada vez más codificadas. Habitamos un mundo —que sería desopilante sino fuera infinitamente trágico y desgarrador— que se empeña en inventar certezas al punto del aplanamiento terrestre. La posibilidad del artista se desliza a la resistencia: el empeño de proponer fugas en las significaciones. Así, la redención de la práctica artística se cifra en convertir las imágenes en jeroglíficos y codificar piedras rosettas que propongan nuevas existencias. Puede ser un marco, el passepartout, el cambio de escala, la repetición, la traducción gráfica. Estrategias para subvertir la eficacia. Es en esa práctica que las imágenes de esta sala reivindican el ejercicio especulativo.

 

 

En septiembre de 1977 el proyecto Interestelar de la NASA lanzó al espacio dos sondas gemelas denominadas Voyager I y II con el objetivo de explorar el espacio y realizar sobrevuelos planetarios. Cada una de las naves porta un disco fonográfico de cobre recubierto en oro que contiene 115 imágenes de la vida en la Tierra, sonidos naturales, una selección de 27 piezas musicales de diferentes culturas y épocas, saludos en 55 idiomas grabados por estudiantes de la Universidad de Cornell y el registro de las ondas cerebrales de Ann Druyan, miembro del proyecto. Cada disco está envuelto con una funda protectora de aluminio grabada con las instrucciones para su reproducción, un mapa de la ubicación de la tierra codificado en pulsares además de un cartucho y una aguja. El contenido fue seleccionado por un comité presidido por Carl Sagan y tiene el utópico e incierto objetivo de transmitir un mensaje humano a una hipotética civilización alienígena. La belleza del proyecto reside en su absurdo: aún si existen otros en el universo, aún si esos otros pueden resolver la decodificación del disco, aún si pueden percibir en los mismos términos que los humanos: ¿podrían esas otras inteligencias tramar la diversidad terrícola desde esas grabaciones? Sagan y su equipo orquestaron un compilado imposible de lo inconmensurable. 

El 13 de septiembre de 2013 la Voyager I se convirtió en el primer objeto construido por humanxs en alcanzar el espacio interestelar escapando a la influencia de nuestro sol. Estos objetos arqueológicos fueron diseñados para tener una vida útil de hasta 5 mil millones de años. Los discos dorados seguirán flotando en el espacio más allá de la extinción de nuestra especie y el colapso de la Vía Láctea tras su colisión con la galaxia de Andrómeda. Serán los únicos, los últimos y más lejanos testimonios de la existencia de un presuntuoso, enternecedor y monstruoso colectivo: nosotrxs.

 

 

En el contexto del fin de mundo como lo conocíamos. En el abismo sin futuro, donde no existe la esperanza más que en los restos arqueológicos de un futuro ubicado en el pasado. Justo en este tiempo: algunas imágenes pueden aún constituir un mundo-otro, superpuesto y fantasmal. Donde lo cotidiano sea transmutado y extraterrestre. Surcado por objetos marginales flotantes que describan coreografías a contrapelo de su locus histórico. Un espacio surcado por odiseas irreverentes y conmovedoras, tan ridículas como vitales. Donde la única ley universal sea el equívoco iconográfico: práctica silenciosa pero irreductible.

 

Georgina Ricci

HUGO CAVA
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