Exhibición Gabinete #1/2021 - Febrero 2021

LA LINTERNA Y EL ARCHIVO

Verónica ORta.                

Curaduría Adriana Armando

 

En 2018 con motivo de otra exposición, me acerqué a los modos en que Verónica Orta organiza los materiales para producir fotos o simplemente para tornarlos disponibles y, sobre todo, a interiorizarme de sus prácticas, como la de observar la naturaleza a través de caminatas y recoger así pequeños tesoros, sean piedras y cortezas o ramas, hojas y flores. Justamente la serie Paseo, presentada en la sección Gabinete del Salón Nacional del Castagnino+macro de aquel año, responde a esa actitud de coleccionista, a los hallazgos y extrañezas obtenidas, que mediante agrupamientos diversos, siempre sobre fondos oscuros y abismales, configuraron un pulido conjunto de fotos analógicas. Pero también en esa oportunidad vi algunas de las hojas de papel que albergaban, como austeros y amorosos collages, trozos ínfimos de plantas; el herbario constituía entonces otro aspecto de su actividad, quizás más íntimo pero inescindible de las fotografías. De ahí que ante la perspectiva de otro Gabinete, esta vez en Subsuelo, resultara sugerente mostrar esas dos acciones fundadas en una pulsión estética frente a la naturaleza, que identifican la labor de Verónica y  expresan su sentir sincero, poco estridente. Si Paseo informa de recolecciones, la nueva serie aspira a fijar un instante en la vida de las flores, cuando lucen airosas, unidas a sus plantas y al hábitat que las contiene; empeño que, en  parte, se advierte en Flora invisible, una obra de 2011. A través de ese conjunto de fotos digitales, luminosas y atentas a la cuestión de la preservación de la biodiversidad, registró la variedad de flores que crecen espontáneamente en la campiña francesa de Les Moulins a partir de una residencia de artistas en Boissy le Chatel.

Que una flor -tema recurrente del arte y la literatura, estudiada y desnudada por la botánica, protagonista de jardines e interiores, lugar común de atentas sociabilidades, materia prima de exóticas esencias, epítome de la belleza, entre tantos atributos-  se convierta en el objetivo de la cámara de una fotógrafa puede parecer, a primera vista,  una empresa de pocos riesgos en virtud de esas cualidades tan replicadas como actualizadas. Que además, la misma fotógrafa reitere el gesto de les naturalistas al plasmar un frondoso herbario, para el que seleccionó, prensó y fijó sobre láminas variedades pequeñas de hojas y flores, la inscribe en un procedimiento largamente utilizado por la ciencia de la naturaleza; sin embargo, al desalojar cualquier información botánica y el interés por las nomenclaturas científicas, lo transformó en un archivo visual fundado en recorridos e impulsos personales. Lo mismo sucede con las fotografías de flores, porque a la par de ordenar con criterios estéticos las muestras inertes, decidió captarlas con toda su vitalidad en el ámbito del jardín nocturno. Entonces el desplazamiento fue inverso al de Paseo, ya no se trató del traslado de piezas al estudio y del meditado ordenamiento siguiente, sino de sorprender las flores en la noche (y también asombrarse) asumiendo la contingencia de la experiencia. Porque no implicaba disponer con calma elementos a fotografiar sino la disposición de conquistar un momento, lo cual requería posiciones incómodas, ciertos malabarismos y una iluminación singular provista por la sencillez de una linterna, con las dificultades que le conciernen y el encantamiento que provoca. La calma y el control se restablecen en el placentero trabajo del laboratorio. El resultado, once fotos analógicas, es un repertorio de flores en la noche, un nocturno floral donde algunas parecen flotar, etéreas y frágiles, otras se muestran reposadas y esbeltas o ensimismadas y durmientes, y también están las que semejan estrellas en un fondo marino; los contrastes y los sutiles pasajes de luces y sombras las vuelven misteriosas y sorpresivamente descubiertas. 

Acerca de este conjunto de acciones e imágenes Verónica escribió:

Será la noche

La oscuridad, el fondo negro. 

Piezas botánicas, fragmentos del mundo… 

¿Por qué la mirada es selectiva?

Moverse por el mismo camino. Esa necesidad de juntar, para tener a mano aquello que en algún momento destelló.  

Hay un deseo que viene de adentro por duplicar, de observar y retener. Fijarlo. Tal vez coleccionar (pienso en las mesas donde dispongo un cúmulo de cosas para volver a ellas cuantas veces lo pida)

Ritmar la oscuridad, con movimientos más sueltos para alejar lo tenebroso. Extenderse en la noche, para vislumbrar un aparecer/desaparecer en un ritmo antojado.

Será la noche quien diga qué la habita. 

Salir del sueño para entrar en estado exploratorio, linterna en mano y como los bichos, rondar…  Mover el follaje, alumbrar de a tramos y fotografiar algo.

 

Sobre jardines, flores y apreciaciones de la naturaleza Verónica también armó otro pequeño archivo con textos que volcó en un fichero tipeado con máquina de escribir, un proceder ligado al placer visual proporcionado por dicho soporte y tipografía y también a la recuperación de ciertas prácticas, como el estudio y aplicación de técnicas fotográficas del pasado. Así transcribió pequeños fragmentos de las lecturas que la acompañan y estimulan: Emily Dickinson y Rainer María Rilke, Silvina Ocampo y Juana Bignozzi, Clarice Lispector, Derek Jarman y Wolfgang Tillmans, entre muchas. Y también en ese marco anotó su propio sentir: Y si un día me quedo sin nada, sin nada. Me quedará el recuerdo de mis fotos de flores.

Quedémonos entonces junto a sus fotos de flores.

 

Adriana Armando

VERÓNICA ORTA
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